Notas de Estilo desde Colombiamoda, 3

 

2Observaciones de una escritora y crítica durante el tercer y último día de la semana de la moda en Colombia. Se persigue la identidad de la moda en medio de una división entre ropa para comercializar y visiones de moda que comienzan a surgir. 

Vanessa Rosales

La ropa, en su aspecto más básico, está hecha para cubrir el cuerpo. En la historia de las mujeres, ha tenido también la función de exaltar la belleza. En un esquema de historia más general, ha sido una forma de mostrar, conspicuamente, la posición económica. En otros momentos, ha sido un canal para expresar rebeldía o diferencia, o para anunciar afiliación con un tipo de música o identidad. La ropa, en su sentido más estricto, tiene todo que ver con la apariencia. Pero muchos saben bien que a pesar de su estrecha relación con el cuerpo, la ropa – y todos sus derivados – tiene efectos en la mentalidad de quien la lleva.

En Colombiamoda muchos acudientes se visten calculadamente, buscando ensambles, ropas, estilismos y piezas que los doten del poder para encarar un encuentro que celebra la apariencia. Cada uno, a su forma, ha buscando obtener un esquema mental con la ropa que lleva. Y cada uno ha buscado una apariencia que exprese, sin palabras, que están afiliados a la moda (o lo que entienden por ella). Algunos entienden performance y espectacularidad; otros tendencias del momento; algunos también buscan eclecticismo o algo vistoso; y tantos otros escogen seducción.

Vivimos en un mundo donde la moda nos persigue en forma de imagen digital. Dondequiera que naveguemos, el mundo virtual nos satura con ropa, que vemos usualmente de manera plana, de forma bidimensional. (Los nuevos ítems en los mailings de las marcas y tiendas; las imágenes de Instagram que cambian velozmente; los cambios de vestuario casi cotidianos de las blogueras; la infinita cantidad de páginas de estilo y moda que abundan en la red.)

Todas estas imágenes crean la ilusión de que conocemos la moda del momento. La posibilidad de ver, sin restricciones, cultiva en nosotros la sensación de que sabemos lo que es la moda, de sentir que la vivimos próxima. Pero en la realidad, la mayoría de nosotros no experimenta la ropa de cerca, ni la toca, ni la siente, ni tiene la posibilidad de experimentarla en el propio cuerpo.

Las pasarelas en Colombiamoda permiten una experiencia más realista del diseño. Permiten ser testigo de cómo luce la ropa en movimiento. Con el ritmo de las modelos en la pasarela, se pueden incluso deducir algunas de las ideas que la ropa intenta comunicar. Esta cercanía nos saca de la pantalla – nuestra ventana cotidiana para experimentar la moda de forma visual. Y la ropa de los acudientes, afuera de las pasarelas, nos ayuda también a comprender qué está pasando con el vestir nacional.

¿Qué motivaciones tenemos al vestirnos en Colombia? ¿La intención es seducir o transmitir una identidad? ¿Qué comunican las mujeres en la feria con la ropa que llevan? ¿Qué buscamos como cultura de moda? ¿Identidad? ¿Ropa comercial? ¿Crear visiones que partan de algo más que la mera funcionalidad de tapar el cuerpo?

Entre la audiencia, algunas maravillas sartoriales deslumbran no sólo porque son asertivas en su composición y belleza; no sólo porque connotan creatividad a la hora de estilizarse, sino porque muchas de estas mujeres, notoriamente vestidas, escogieron diseño colombiano. Gloria Saldarriaga llevaba una pieza de Olga Piedrahíta, un vestido corto con estampado grafista,  – como una abstracción de telaraña – con degradaciones estampadas en los costados y mangas circularmente infladas – todo complementado con joyería fantástica de Paula Mendoza y Liza Echeverri. Tuti Barrera llevaba una falda pitillo y negra, con apliques angulares y tridimensionales a los lados, sostenida por una arnés saliente y dorado, de Jorge Duque.

Sonia La Hoz, también vestida de Jorge Duque, parecía más performance que vestir, con una falda midi en vuelo escultural cuya silueta hacía eco a Dior y cuya transparencia revelaba la forma de una langosta tejida, como guiño a Elsa Schiaparelli. Laura Echavarría es una de estas otras mujeres, cuya estética, durante la feria y en las imágenes que crea regularmente de sí misma, se puede leer algo más que la digitalización de un estilo. El caso de Laura habla de una estética singular que es ecléctica y colorida, gozosa y vibrante, que puede tener elementos artesanales del interior de nuestro país, o exuberantes de nuestro Caribe, pero también pulidos y propios de una feminidad que viene de su tiempo en Milán o en España. No es una estética parecida a algo más, y su singularidad viene precisamente de su eclecticismo; vivaz por tropicalista y refinado por la mezcla de múltiples referencias globales.

En mi caso, vestida por Carlos Polite, con un vestido de silueta clásica que desciende en forma de sirena escultural y con estampado de botánica digital, sentí la conexión entre el vestir y la feminidad feroz. Me sentí partícipe de un tipo de vestir que es más performance y afirmación. Y sentí, sobre todo, un halo de sentido, ya que las creaciones de Carlos son la materialización de una alquimia pensativa, poética e intelectual – no una fabricación de ropa que traduce tendencias o apetito comercial. A su forma, Carlos es sociólogo y artista, y su ropa viene de alquimias conceptuales y de una sensibilidad que tiene como punto de partida su lugar de origen y

También me sentí partícipe de la moda colombiana que empieza a surgir. Los complementos, una cartera verde esmeralda de Nora Lozza; unos zapatos exquisitos de Aquazurra, ingenio de Edgardo Osorio, otro colombiano; y un abanico de Michú Bags, me anunciaban enteramente vestida de Colombia.

Me anunciaban también consciente de un momento particular en que la moda colombiana va persiguiendo la estela de su identidad. Y esa identidad implica, últimamente, que los talentos provengan de lugares como Ibagué, Bucaramanga, Cali y Barranquilla, donde el provincialismo se encuentra con la lectura intrépida de nuestro momento cultural y donde el resultado son piezas que revelan nuestro tropicalismo con las lecturas que tenemos de lo que es el estilo, la belleza y la elegancia. Ballen Palletiere, de Ricardo Ballén y Flor Amazona, de Ana Sarmiento, demuestran lo mismo.

El caso de ellos, como el de Catalina Marín Kempf, de Nora Lozza revela algo más: que muchos de los que actualmente están forjando la moda nacional se han ido del país y que al volver han traído consigo conocimientos frescos que permiten las alquimias entre lo artesanal y lo global. Esa es, en esencia, la una de las líneas más notorias de nuestra moda actual.

Y algo similar es lo que se observa en algunas de las mujeres mejor vestidas de Colombiamoda. Hay algo en ellas que es local, tropicalista, provinciano, vibrante, colorido, latino, pero también ecléctico y sofisticado, consciente de lo que pasa en las pasarelas de las ciudades principales del sistema clásico de la moda, conocedor de lo que nos enseñan las pasarelas, las revistas y las imágenes digitales.

En Colombiamoda, sin embargo, la estampa comercial sigue siendo la que domina. De allí que los patrocinadores de los desfiles sean empresas de cementos, de mueblería, de detergentes, de pasta dentífrica – y que repartan entre el público sus respectivos elementos.

Esta forma de concebir la moda refleja temas mayores de la cultura de nuestro país. Hablan de una historia de diseño que está basada en parecernos a algo más, extranjero, diferente a nosotros mismos. Una moda, “cimentada en la imitación y no en la reflexión”, como ha dicho Carlos Polite. Lo que Colombia está descubriendo es que hay una brecha entre lo que es ropa bella (y comercializable) con lo que es moda, es decir, una visión que interpreta su época, a través de la ropa, de una manera creativa y reflexiva.  Lo que la moda en Colombia está descubriendo es una identidad que Colombiamoda permite leer entre líneas: una que se divide entre ropa para comercializar y visiones de moda que, lenta, muy lentamente empiezan a surgir.

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