La Moda en Colombia es Caribbean Chic

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 Colombiamoda demostró que en Colombia algo está cambiando. Y que aunque persisten visiones fuertemente comerciales de la moda, algunos diseñadores y sellos comienzan a reflejar una nueva identidad – ecléctica, propia y tropical.

Vanessa Rosales

La moda y el lenguaje comparten una cualidad: ambas dependen del contexto para interpretarse. Una pieza, como una palabra, se entiende mejor cuando se ubica en el contexto de uso, más que si se lee con base a su significado. El sentido de la palabra moda cambia, de lugar a lugar; ha cambiado en el tiempo, y exige siempre una revisión. Porque moda puede ser lo que viene de las pasarelas, lo que se creó en la calle en los 60, lo que cazó la fotografía callejera de los 80, lo que interpretan las mujeres en su realidad cotidiana o lo que representan las blogueras en sus imágenes calculadas. La moda es un lenguaje que cambia según quién y dónde se interpreta.

En nuestro contexto, Colombia, la palabra moda implica sus propios significados. En la feminidad, la moda puede ser, por ejemplo, una cuestión de tendencia – de lograr un look que se parezca a lo que circula en las pasarelas, las revistas, Internet. También puede ser una forma de demostrar posición económica y social – no necesariamente creatividad al estilizarse, sino la expresión de un poder adquisitivo que permite acceder a las marcas de lujo más elevadas. Moda puede ser también una forma de ser deseable – según los estándares y el apetito visual masculino. O puede ser una forma de romper un molde social o de hacer visible lo que un microcosmos – con sus gustos e ideales – ha enseñado a considerar estiloso. Y también puede ser la forma de afirmarse como una mujer afiliada a la moda, como profesional o entusiasta, que conoce los movimientos extranjeros y los interpreta según los visos de su personalidad.

En general, en Colombia, la moda sigue siendo altamente asociada a lo comercial – más que a una visión estética. Es un asunto de marcas, de ser vistoso, de exhibirse conspicuamente y muchas veces, un tema de venta masiva. Esto es apenas natural, teniendo en cuenta que la moda, dondequiera que suceda, suele tener una íntima relación con la cultura y la identidad. Nuestra cultura, nuestra estética y por ende nuestro entendimiento de moda no es ni puede ser norteamericano ni europeo.

La moda en Colombia refleja, inevitablemente, algunas de nuestras condiciones culturales. El esquema escrito a continuación es de grandes brochazos, generales e incompletos. Como por ejemplo, que siempre hemos mirado más hacia fuera que hacia adentro para afirmar nuestra identidad. También, tal vez, nuestra condición de puerto – con ciudades como Barranquilla y Cartagena -, nuestra ubicación geográfica, nuestro clima tropical (sin estaciones, con microclimas – e identidades – diferentes de región en región), y nuestra proximidad – espacial y cultural – a Norteamérica.

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Es cierto lo que me dijo Carlos Polite hace pocos días en una conversación: que la moda en Colombia se ha gestado más desde la imitación que desde la reflexión. Y que existe una importante diferencia entre hacer ropa bella y crear moda. La primera es un tema comercial, es decir, hacer ropa bella, en palabras suyas “obedece al uso y las tendencias.” Dicho de otra forma, hacer ropa bella tiene que ver con los caprichos efímeros del consumo e implica muchas veces calcar los dictámenes del circuito global y comercial. Pero crear moda es, según Carlos, inventarse una propuesta atemporal, “cargada de elementos sociológicos que redefinen una época.” La moda, en este contexto de definición, es la visión con la que un diseñador interpreta el espíritu de su tiempo. La ropa es su material. La reflexividad su punto de partida. De allí que los grandes diseñadores de la historia – y de nuestro tiempo – creen formas de vestir que conectan con referencias que sobrepasan la ropa misma y que conectan con la condición humana y la cultura.

La moda colombiana refleja una identidad que muchas veces ha aspirado parecerse a otras culturas – y sus propias ideas de lo que es ropa bella. Pero también es cierto que puede reflejar cómo opera la mentalidad en torno a la ropa en un país donde una ínfima porción puede realmente darse el lujo de preocuparse por la moda.

Para analizar de la mejor manera algunos aspectos del fenómeno de la moda en Colombia hoy, hay que abrir un poco el lente y mirar algo del contexto general que nos rodea, donde una mezcla de factores ha hecho que hoy la moda sea democrática y descentralizada.

Democrática porque las tecnologías digitales y los nuevos medios – la televisión por cable, la telefonía celular, el Internet – han permitido que muchas más personas que antes estaban en la periferia del sistema de la moda participen en ese sistema – ya sea creando discursos de moda (como un blog), opinando, o sencillamente viendo lo que antes estaba permitido únicamente para los ojos de unos pocos. Descentralizada en que el Internet, al crear un terreno virtual, ha desdibujado la idea de que Nueva York, Londres, Milán y París son los únicos focos de la moda. La moda de hoy puede suceder en cualquier parte.

Colombia es uno de los muchos lugares en el mundo que se ha contagiado del entusiasmo masivo por la moda. Desde hace unos cuantos años y gracias a la enorme visibilidad que le da el Internet, la moda se ha vuelto una moda en sí misma. Países como Indonesia y Filipinas – nunca antes asociados al sistema tradicional – están creando su propia cultura del tema, con semanas de moda y cúmulos de blogueros; países como China han entrado al hiper-consumo de marcas de lujo después de décadas de comunismo y uniformidad en el vestir; y religiones como el Islam, usualmente vista como antítesis de lo estético ha demostrado también que la moda moderna le concierne.

En Colombia el boom de moda ha sido evidente. Llegada de múltiples marcas y tiendas. Apertura de medios a tratar el tema. Eventos semanales en distintas ciudades. Una cohorte amplia de blogueros y periodistas digitales intensamente entusiasmados con el tema. Oleadas de diseñadores emergentes. La instauración de un suplemento especial de nuestro país en Vogue Latinoamérica. Ferias o versiones de semanas de moda en ciudades tan diversas como Bogotá, Barranquilla e Ibagué.

Colombiamoda, sin embargo, sigue siendo el gran centro de esas ferias – la gran semana de la moda nacional. Y en su cosmos se puede leer un poco de lo que está pasando con nuestra moda actualmente. Para muchos, sobre todo aquellos que conocen las industrias de la moda de países europeos o de Nueva York, Colombiamoda se les antoja demasiado agitado, más un mercado comercial que un evento que promueve moda verdadera. Y de muchas maneras esto es cierto. Pocos eventos en el mundo relacionados a la moda admitirían tantos mini locales destinados a la venta de ítems desconectados del tema. Y en Medellín, Colombiamoda también es un asunto social, un foco de encuentro al cual asisten muchas personas que van más por entretenimiento que por interés serio en la moda.

De la misma manera, las empresas más inesperadas son patrocinadoras de desfiles y en las primeras filas hay muchas personas más relacionadas a estas afiliaciones empresariales que al asunto de la moda en el país. También, esta vez, esas primeras filas en los desfiles fueron concedidas a personas que no escriben, ni reportan, ni analizan, ni construyen oficios con base a lo que sucede con la moda en Colombia.

Pero todo esto es parte de lo que somos. En Colombia asociamos con frecuencia el estilo con poseer belleza física. Percibimos la moda como un tema masivo de entretenimiento. En Colombia deseamos ropa bella pero también comenzamos a tener apetito por visiones estéticas que interpreten nuestra época desde el prisma de nuestra identidad. Y la última versión de Colombiamoda lo demuestra.

¿Quiénes nos dieron moda o visiones estéticas en esta ocasión? Polite, como siempre, con una deslumbrante muestra escenificada en un rincón del Vogue Talents Corner. Jorge Duque, que evocó una feminidad asertiva y feroz pero también animada y vivaz. Kika Vargas, quien hiló una feminidad que se siente cómoda con ser performer y no seductora.

La colección de Polite es prueba de cómo algunos visionarios de nuestro medio logran crear una alquimia de referencias globales, (como las siluetas esculturales); materiales propios (como el spacer, una marca ya del sello, que proviene de sus orígenes como taller de ropa deportiva en Ibagué); y referencias de historia y cultura más amplias. La colección de Polite también es una sinestesia de temas que hablan de la niñez de Carlos, de su conocimiento investigado sobre elementos de nuestra cultura artesanal y de inspiraciones como el safari – ejemplo del tipo de temáticas que se cruzan en las lecturas y contemplaciones de un creador.

Y la colección, en su expresión colorida, está impregnada también de una lectura reciente, la teoría colorista de Kandinski en De lo Espiritual en el Arte. No es casualidad que las primeras líneas del libro sean precisamente unas que se adaptan al temperamento creativo de Carlos: “Cualquier creación artística es hija de su tiempo, y la mayoría de las veces, madre de nuestros propios sentimientos.” Sin duda, la palabra reflexión es un componente de las creaciones de Polite.

La colección de Jorge Duque, cuyas modelos marcharon a ritmo frenético y avanzado, con faldas midi, lemas floridos, (majestuosas técnicas) y un power dressing de color, demuestra que ser sexy bien puede ser vital en la identidad de la mujer colombiana. Pero un arnés ornamental y una especie de jaula-falda demuestran también que la visión de esta feminidad, asertivamente sexy, puede mantener su belleza al tiempo que se despega de los prototipos de lo que es seducción – según una visión masculina.

La mujer de Jorge Duque no sedujo porque ilustra de forma evidente los dones de su cuerpo, sino porque busca otras formas de demostrar su voluptuosidad: llamando la mirada a zonas del cuerpo de forma inesperada (como la espalda), usando siluetas ultra-femeninas que no son reveladoras, y osándose a una manera de vestir que es femenina pero fuerte.

Antes, en el desfile colectivo de las cuatro de la tarde, las muestras permitieron también leer hacia dónde avanza y en dónde está estancada la moda nacional. Argemiro Sierra exhibió varios ensambles de tropicalismo digital con aires frescos que hacen recordar la estética Cruise/Resort – hoy tan rotundamente comercial a nivel global y que tanto se ajusta a nuestras propias latitudes y sus necesidades sartoriales. Guarnizo Lizarralde sacó también looks jóvenes y frescos, empapados de color con siluetas modernistas.

Las colección de Isabel Henao, sin embargo, refleja la inercia en la que pueden caer algunos diseñadores cuando son exitosos con algunos aciertos del pasado. Las siluetas, aburridas, las combinaciones sin cohesión visual y las terminaciones de algunos vestidos daban la impresión de estar frente a una mujer infantilizada por su vestir.

En esa pasarela la mente de moda puede llegar a preguntarse ¿qué es exactamente lo que caza actualmente la moda colombiana? ¿Qué significa la ropa para nosotros? ¿Cuál es la esencia detrás de Colombiamoda? ¿Y cómo es la identidad que parecemos estar buscando?

Sin duda, cualquier observador cuidadoso entenderá rápidamente que Colombiamoda es, sobre todo, un evento comercial cuyo foco secundario parece ser la moda. Pero vale agregar también que Colombiamoda demuestra algunas de las formas en que se entiende la palabra moda en el país. Una interpretación que no es – ni puede ser – como la entienden los franceses o los neoyorquinos, por ejemplo. Sin embargo, hay apetito; ganas de crear una cultura de moda propia.

 

 

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Algunas de las cosas más interesantes de la moda colombiana están pasando también por fuera de las pasarelas. Están en aquellas marcas o sellos que materializan varias características que comienzan a definir nuestra identidad de moda. Reflejan temas de nuestro tiempo y nuestras generaciones actuales. En algunos casos, se trata de personas cerca o pasados los 30 años, que han tenido la posibilidad de ahondar el conocimiento de su oficio en otros países y que han creado firmas, plataformas, marcas o experticias que combinan su colombianidad con los influjos de los movimientos globales.

Ana María Sarmiento, de Flor Amazona, que ha pasado años entre Colombia, París y Milán, ha inventado una línea de joyería cuya riqueza visual se alimenta de una estética colorista y chamánica del  Amazonas. Catalina Marín Kempf es la que hoy imprime aires hipermodernos a una feminidad que es poderosamente tropicalista – original de Bucaramanga – a una línea de carteras y complementos con una trayectoria de más de treinta años, fundada por su madre: Nora Lozza. El concepto del sello, un ‘lujo artesanal’ habla sobre cómo este tipo de visiones se inventan un significado de la palabra lujo que se adapte mejor a nuestro contexto.

Ricardo Ballén, la mente detrás de Ballen Pellettiere, está produciendo también carteras singulares, en formas geométricas y texturas eclécticas que reflejan una minuciosa atención al detalle y a la impecabilidad de la ejecución material. Liza Echeverri está inventando una joyería magnífica, afilada y ligeramente rústica, con aires abstractos y evocadora de una feminidad que es guerrera pero también delicada. Laura Echavarría, creadora de la plataforma digital FashionLessons, que estudió varias corrientes de moda en Barcelona y Milán, se está inventando una fórmula editorial que capitaliza los tropos de los blogs de estilo personal, pero que los trasciende al idear contenidos que derraman sentido y sustancia a los temas y las marcas que toca.

Loren Barake ha capitaneado la primera maestría de negocios de moda en Colombia, al tiempo que reporta tendencias con una afilada mirada y diseñando una línea de carteras que presta aires del lujo italiano con la versatilidad que buscan muchas veces las mujeres locales en los accesorios cotidianos. Sara Milanés, que estudió en el Fashion Institute of Technology de Nueva York y más recientemente en Marangoni, en Milán, posee un conocimiento único en Colombia acerca de las formas cómo una marca se despliega, construye su núcleo y se comunica coherentemente a lo largo de los distintos canales que escoge para expresarse. Tawfick Espriella es uno de los nuevos lentes fotográficos del país, con experiencia en Nueva York y con una mirada de la moda que mezcla una crudeza de rock n roll con su ecléctico temperamento barranquillero.

Estas nuevas figuras y presencias hablan de un movimiento que nos marca tropicales y locales, poseedores de una vibración exquisita, de un punto geográfico que se nutre de las corrientes estéticas del globo, de las vanguardias contemporáneas, del espíritu de nuestra cultura moderna y digital.

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El momento de cierre de Colombiamoda, con la pasarela de Johanna Ortiz, fue como una gran metáfora de este tropicalismo ecléctico que comienza a asomar, más fuerte y segurode sí, en la moda colombiana. La colección expresó que la feminidad sartorial en Colombia puede construirse con acentos Resort y Cruise – estéticas que están perfectamente sintonizadas con la naturaleza de nuestros climas y apetitos estéticos.

Hubo espesor con fuerza de ocaso en los corales; azules diversos, acuáticos; rayas marineras y estampas de palma; siluetas fluidas pero armónicas con las curvas de la mujer latinoamericana. Las faldas con vuelos de sirena, las blusas con feeling de bolero, los vestidos dotados de una cualidad de vieja guardia – una mezcla entre Mediterráneo, La Habana pre-revolucionaria y la Cartagena de aire amarillento y casas rosa o lavanda – estaban cargados de un chic de corriente Caribe que es potentemente femenino, hecho para nuestra geografía predominantemente cálida, sin estaciones, que recibe siempre infusiones de los pálpitos globales.

Esta es la forma cómo muchas mujeres, ancladas en su identidad local, modernas y asertivas en su estilo ecléctico, quieren vestirse. Sin renunciar a su tropicalismo y a un vestir que ansía mostrar también la belleza de nuestro tipo de feminidad. Un tipo de vestir que también las conecte con una estética que las afirme como mujeres de estilo con matices avanzados.

Esto, en esencia, habla de un tipo de eclecticismo que sólo puede ser colombiano: una alquimia donde se funde lo tropical, lo cálido, lo colorido, lo vivaz, lo artesanal, lo floral, lo mixto y lo soleado con esos sellos de una moda global que es digital, mixta, urbana. Este eclecticismo es donde también se encuentra la exuberancia de nuestra cultura colombiana con formas de elegancia más atemporales. Esto, en pocas palabras, es Caribbean Chic: tal vez un nuevo concepto que comienza a unirnos y a darnos líneas de guía en la formación de una identidad para el momento de esta moda colombiana.

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Argemiro Sierra

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Piezas de Flor Amazona, foto de Loren Barake

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Laura Echavarría

10557657_684461358290837_290975203431255607_oLa experticia singular de Sara Milanés.

13 El tropicalismo chic de Johanna Ortiz.

15 Caribbean Chic en Johanna Ortiz con visos Cruise/Resort.

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