Vega (y Sevilla)

Vega & Sevilla

Luis. Creo que se llamaba a Luis. Señaló en dirección a ellas y me preguntó “¿Sabes quiénes son?”. “¿Debería?” pregunté. Realmente afirme para mi mismo “Si que debería” si no por otro motivo, por lo menos por el resultado imaginético que se adivinaba. La tarea se simplificó cuando, casualidad o no, invitaron a Vega a sentarse junto a mí en aquel patio sevillano donde tomaba el desayuno. Fue horas después, cuando la volví a encontrar a media tarde, cuando le hice esta foto. Pero fue por la mañana. Fue por la mañana cuando vi a Vega y una amiga suya. Una rubia y otra morena como si, aquella imagen que había captado mi atención, la de Luis y la de cualquiera que estuviera allí, formara parte de un tramo visual dedicado a la más intemporal de las feminidades. Y me perdí hacer esa foto, en parte porque también quería contemplarlas y disfrutar del momento discretamente sin enfoques, fotografías o presentaciones. Y, por otro lado, porque no me parecía bien dejar a Luis allí colgado. El mismo Luis me había preguntado “¿Sabes quiénes son?”. A quien respondí preguntando “¿Debería?” cuando en realidad, me decía a mi mismo “Si que debería”. ¿Por qué? Porque cuando miré a Vega vi una virgen. Una de esas vírgenes por las que terroristas suicidas suspiran antes de inmolarse en cualquier lugar donde, momentos más tarde, quedará sólo sufrimiento y dolor. Como si mirando a Vega, encontrase tal humanidad en esos hombres en quienes, por la violencia de sus actos, siempre me cuesta encontrar este atributo. Y de todo esto me acordé mientras recorría el casco antiguo de Sevilla. Mientras recorría esas callejuelas estrechas y pensaba en cuanto me gustaría hacer una foto allí. En que la particularidad de este concepto de retratar, a quien por casualidad pasa por la calle, me impide tener asegurada una fotografía donde quiera que me apetezca hacerla. Y, al recorrer el barrio de Santa Cruz, noto las piedras de las que las suelas de mis zapatos no me protegen. Y llego a una hermosa plaza. No se llama Velázquez ni Goya. Ni Alfonso XI, ni XII, ni XIII. Ni Camilo José Cela ni Miguel de Cervantes Saavedra. Se llama Elvira. Doña Elvira. Donde volví al día siguiente. Porque hasta hace dos líneas era el día x. El día en que recordé a Vega, su encanto y el de Sevilla. El día en que caminé hasta el punto en que parecía sentir los cantos rodados de la acera en contacto directo con mis pies. Porque hoy cuando os escribo es el día x+1. Y estoy de nuevo en Doña Elvira. La verdad, estoy doblemente con ella ya que, además de encontrarme en aquella plaza, me siento en la mesa del restaurante que se apropió de su nombre también. Me siento, pido una hoja de papel y un boli. Voy ya, en este preciso momento, por la cara de atrás de la segunda hoja que pedí mientras tanto. Y recuerdo ahora que por culpa de Vega miré con humanidad la imagen del terrorista suicida. Debido a la chica que entra (con su amiga, en tonos más oscuros, igualmente bella) por el patio sevillano y hace que Luis me pregunte “¿Sabes quiénes son?”. A quien contesto mediante una interrogación cuando, en verdad, lo sabemos ahora tan bien, confirmo par mi mismo “Si que debería”. Vega. No me resisto y digo “bonito nombre”. Esta es, seguramente es una de las formas más elementales y carentes de arte de elogiar a una mujer. Pero es que Vega es bonito. Ella no parece desconfiar y yo, francamente, no se como explicárselo. No se puede imaginar que, aquel desayuno en un patio sevillano en el día x-1, me servirá de inspiración para que, el día x, mientras camino y sonrío por aquellas calles y callejuelas donde las piedras que emergen del suelo me dañan los pies, piense en algo que escribo, en este momento, en el día x+1, sentado en el restaurante, situado en la plaza del mismo nombre que no pertenece a un premio Nobel, artista o el ex monarca de mi país hermano. Pertenece sólo a Elvira. Doña Elvira. Y en ese momento me siento rendido a las más simples y prosaicas sensaciones de la vida. La brisa (casi) fresca que se siente en esta explanada o el encanto que Vega deja sobre mí, sobre el terrorista suicida, sobre Luis, o sobre cualquiera de las personas que estaban en aquel patio sevillano o cualquier otra que visite este blog. Y cuando pienso en eso me olvido hasta de las plantas de mis pies quemadas por esa acera antigua que mis zapatos de verano no pueden proteger. Vega me suena como el más bonito de los nombres. Exageradamente bello. Ella no parece desconfiar y yo, francamente, no se como explicárselo. Pero Vega es bello. Independientemente de lo que ella piense sobre el nombre que le pertenece. Y se hace aún más bello en aquel patio fresco de esa ciudad insoportablemente caliente con una gente desmesuradamente simpática y orgullosa. Porque mi fascinación por aquella imagen matutina de una rubia y una morena irrumpiendo en mi desayuno no eclipsa ni por un segundo el pensamiento de donde estoy. Estoy en Sevilla. Y en Sevilla encontré a la gente más orgullosa de su tierra. Porque en Sevilla escuche – de boca del padre de una chica que conocí allí – el más hermoso de dichos nativos. Dijo el, sin el mínimo rastro o atisbo de ironía:

– ¿Sabe lo que me da pena? A mi… A mí me da pena la gente que no nació en Sevilla.

Pues a mi me da pena quien no vio aquello que yo vi cuando Luis me pregunto “¿Sabes quiénes son?” y yo, con la más cínica de las retóricas, le pregunte “¿debería?” cuando ya todos estamos cansados de saber que murmuraba para mi mismo “que si debería, claro que debería”

6 comentarios en “Vega (y Sevilla)

  1. El otro día estaba pensando que podrías haber decidido que tu blog tuviera otros intereses quizás más serios o más especializados, pero ahora veo que has decidido que todo el que se pasara por aquí tenga acceso a poesía y a un grande escritor. Enhorabuena Jose.

  2. Las fotos me parecen espectaculares, muy bonitas, totalmente naturales, es como si estuvieras al natural, y tu publicación esta muy conseguida. Muy bien, me gusta mucho tu blog….. Ole de los oles.

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