La Fundación Tejerina acogió el pasado 2 de junio una nueva sesión de su ciclo “Cine y Medicina”, dedicada en esta ocasión a “El veredicto final” (The Verdict, 1982), la célebre película dirigida por Sidney Lumet y protagonizada por el extraordinario Paul Newman. El encuentro estuvo conducido por Eduardo Torres-Dulce, jurista, crítico cinematográfico y gran divulgador del séptimo arte, quien ofreció una profunda lectura de la película a través de sus claves narrativas, morales y humanas.
Desde el inicio de la intervención, Torres-Dulce condujo a los asistentes por una reflexión que trascendió el ámbito del cine para adentrarse en cuestiones esenciales que abarca el filme como la justicia, la responsabilidad profesional, la corrupción moral y la dignidad de la persona. Para ello, comenzó reivindicando la naturaleza profundamente visual del lenguaje cinematográfico y recordó que el cine “nace discapacitado”: nace mudo y en blanco y negro, privado de muchos de los recursos expresivos que hoy se consideran habituales. Precisamente por ello, explicó, tuvo que desarrollar una extraordinaria capacidad poética para conectar con el espectador a través de la imagen, el espacio, el tiempo y el silencio. A juicio de Torres-Dulce, esa pureza expresiva sigue estando presente en algunas de las mejores secuencias de la película de Lumet, donde la fuerza de las miradas, los silencios y la composición visual resultan tan elocuentes como los propios diálogos.

La película narra la historia de Frank Galvin, un abogado en decadencia que acepta inicialmente un caso de negligencia médica con la intención de obtener una compensación económica. Sin embargo, al descubrir la realidad humana que se esconde tras el caso, su motivación cambia por completo. La cuestión ya no es cuánto dinero puede ganar con el caso, sino quién está dispuesto a defender a una mujer que ha perdido la capacidad de hablar por sí misma y quién puede hacer justicia cuando las estructuras de poder parecen proteger a los responsables.
A lo largo de la sesión, Torres-Dulce analizó cómo Sidney Lumet construye un relato de profunda dimensión moral, articulado en torno a un conflicto que enfrenta dos concepciones opuestas de la profesión jurídica. Frente a la búsqueda de la verdad representada por Frank Galvin aparece un antagonista formidable, al que achacó el papel perfecto de “príncipe de las tinieblas«, un abogado brillante que pone toda su capacidad profesional al servicio de los intereses de los poderosos.
El análisis se detuvo también en algunos de los recursos narrativos más característicos de la película. Especial atención merecieron las escenas desarrolladas en el apartamento del protagonista, donde la ausencia de música y el protagonismo de los silencios, las miradas y los primeros planos generan una intensa carga emocional. Torres-Dulce destacó cómo Lumet logra transmitir sentimientos complejos mediante una aparente sencillez narrativa, una “simpleza poética que produce emoción” y que permite al espectador acceder a la intimidad de los personajes sin necesidad de dar demasiadas explicaciones.
La dimensión profesional del relato ocupó igualmente un lugar destacado en el coloquio. La búsqueda de pruebas, la preparación de los testigos y la construcción de una estrategia procesal fueron presentadas como ejemplos de una práctica profesional basada en el conocimiento profundo del oficio. En palabras de Eduardo, “esto refleja esa parte de artesanía que tiene el oficio de abogado”, una tarea que exige experiencia, rigor, intuición y sobre todo, compromiso ético.

Uno de los momentos más comentados fue el análisis del juicio y del papel desempeñado por el juez. Según explicó Torres-Dulce, la película muestra de manera progresiva cómo determinadas decisiones judiciales terminan por “romper la idea de la imparcialidad” que debería presidir cualquier proceso. Esta circunstancia refuerza la sensación de aislamiento del protagonista y subraya una de las cuestiones fundamentales planteadas por la obra: ¿qué sucede cuando la justicia parece quedar subordinada al poder económico?.
La corrupción moral constituye otro de los ejes esenciales de la película. A medida que avanza la narración, los personajes se enfrentan a decisiones que ponen a prueba sus principios y su integridad. Al analizar una de las secuencias decisivas del relato, Torres-Dulce la describió como “el culmen de la corrupción más absoluta, de la destrucción del ser humano, la semilla de la corrupción moral, personal y profesional”, una reflexión que trasciende el caso judicial para convertirse en una meditación sobre la fragilidad de la condición humana.
La sesión concluyó con el estudio del célebre alegato final de Frank Galvin, considerado por el ponente como el auténtico corazón moral de la película. En él se concentra la pregunta que recorre toda la obra: qué significa hacer justicia cuando la solución más sencilla es aceptar las reglas de un sistema aparentemente invencible. El desenlace, abierto y profundamente humano, fue interpretado como una reivindicación de la coherencia personal y de la necesidad de mantenerse fiel a los propios principios.
Con esta nueva sesión del ciclo “Cine y Medicina”, la Fundación Tejerina volvió a poner de manifiesto la capacidad del cine para suscitar reflexiones de gran calado sobre la ética, la profesión médica, la justicia y la dignidad humana. Más de cuarenta años después de su estreno, “El veredicto final” continúa demostrando que las grandes películas son aquellas capaces de interpelar al espectador mucho más allá de su tiempo.
En el evento, en el que se reunieron cerca de 60 personas, han participado también Alberto Pablo González Sanz y Javier de Joz Segovia, patronos de la Fundación Tejerina.
