4 julio, 2013

Osiris

Osiris

Le extiendo mi mano, me presento y cuando escucho su nombre digo:
¿-Osiris? Curioso… la primera persona que fotografié en Madrid se llamaba Osiris.
A lo cual ella responde “no conozco a nadie que se llame Osiris”. E insisto “estoy seguro de que su nombre era Osiris”. Me mira con cara de mucha atención, como si intentara alcanzarme a decenas de metros y pronuncia:
-¿Alfaiate? (“sastre” en portugués)
Sonrío (y con mi sonrisa le hago sonreír a ella también) y me doy cuenta que, después de todo, estábamos ambos tremendamente en lo cierto. Si se llamaba Osiris la chica que había sido la primera de muchas fotos en Madrid. Y también estaba en lo cierto Osiris por la extrañeza con que encaró siquiera la posibilidad de hubiera fotografiado antes a una homónima suya. Nos habíamos cruzado un día, tres años antes (mucho tiempo antes de ni tan siquiera soñar con algun día escribir en castellano), en plena Calle Serrano: aquí

26 junio, 2013

Hot in here

Hot in here

No digo palabrotas. Quiero decir. Las digo. La verdad, cada uno de los que ya pasó por aquí es un potencial testimonio de que también las escribo. Pero cuando digo que no las digo, lo digo por el simple hecho de creer verdaderamente que sólo las digo cuando me enfrento a lo que quiera que me obliga a decir aquello, que en teoría no me debería permitirme hacer (lo que, en verdad, me parece el más ilustre de los sofismas para justificar mi propia vulgaridad). Lo digo cuando veo a mi equipo perder sin pena ni gloria, lo digo cuando mi compañero de equipo no corre todo lo que entiendo que debería correr, lo digo cuando presencio alguna injusticia o, simplemente, lo digo cuando siento lo que quiera que sentí en el momento que hice esta fotografía. Lo digo porque veo algo que me impacta de tal forma que no puedo sino decir aquello que siempre me enseñaron que no debía hacer. Porque ya lo había dicho aquí, la imagen cierta de la chica cierta meciendo la porción, también cierta, de pelo cierto, es fuera de su intimidad, el más bello y femenino de los gestos permitidos a una mujer. Y fue por eso, única y exclusivamente por eso….. que lo dije

[esta y otras imágenes de este mismo momento pueden verse aquí y, supongo, por aquí también]

17 junio, 2013

Vega (y Sevilla)

Vega & Sevilla

Luis. Creo que se llamaba a Luis. Señaló en dirección a ellas y me preguntó “¿Sabes quiénes son?”. “¿Debería?” pregunté. Realmente afirme para mi mismo “Si que debería” si no por otro motivo, por lo menos por el resultado imaginético que se adivinaba. La tarea se simplificó cuando, casualidad o no, invitaron a Vega a sentarse junto a mí en aquel patio sevillano donde tomaba el desayuno. Fue horas después, cuando la volví a encontrar a media tarde, cuando le hice esta foto. Pero fue por la mañana. Fue por la mañana cuando vi a Vega y una amiga suya. Una rubia y otra morena como si, aquella imagen que había captado mi atención, la de Luis y la de cualquiera que estuviera allí, formara parte de un tramo visual dedicado a la más intemporal de las feminidades. Y me perdí hacer esa foto, en parte porque también quería contemplarlas y disfrutar del momento discretamente sin enfoques, fotografías o presentaciones. Y, por otro lado, porque no me parecía bien dejar a Luis allí colgado. El mismo Luis me había preguntado “¿Sabes quiénes son?”. A quien respondí preguntando “¿Debería?” cuando en realidad, me decía a mi mismo “Si que debería”. ¿Por qué? Porque cuando miré a Vega vi una virgen. Una de esas vírgenes por las que terroristas suicidas suspiran antes de inmolarse en cualquier lugar donde, momentos más tarde, quedará sólo sufrimiento y dolor. Como si mirando a Vega, encontrase tal humanidad en esos hombres en quienes, por la violencia de sus actos, siempre me cuesta encontrar este atributo. Y de todo esto me acordé mientras recorría el casco antiguo de Sevilla. Mientras recorría esas callejuelas estrechas y pensaba en cuanto me gustaría hacer una foto allí. En que la particularidad de este concepto de retratar, a quien por casualidad pasa por la calle, me impide tener asegurada una fotografía donde quiera que me apetezca hacerla. Y, al recorrer el barrio de Santa Cruz, noto las piedras de las que las suelas de mis zapatos no me protegen. Y llego a una hermosa plaza. No se llama Velázquez ni Goya. Ni Alfonso XI, ni XII, ni XIII. Ni Camilo José Cela ni Miguel de Cervantes Saavedra. Se llama Elvira. Doña Elvira. Donde volví al día siguiente. Porque hasta hace dos líneas era el día x. El día en que recordé a Vega, su encanto y el de Sevilla. El día en que caminé hasta el punto en que parecía sentir los cantos rodados de la acera en contacto directo con mis pies. Porque hoy cuando os escribo es el día x+1. Y estoy de nuevo en Doña Elvira. La verdad, estoy doblemente con ella ya que, además de encontrarme en aquella plaza, me siento en la mesa del restaurante que se apropió de su nombre también. Me siento, pido una hoja de papel y un boli. Voy ya, en este preciso momento, por la cara de atrás de la segunda hoja que pedí mientras tanto. Y recuerdo ahora que por culpa de Vega miré con humanidad la imagen del terrorista suicida. Debido a la chica que entra (con su amiga, en tonos más oscuros, igualmente bella) por el patio sevillano y hace que Luis me pregunte “¿Sabes quiénes son?”. A quien contesto mediante una interrogación cuando, en verdad, lo sabemos ahora tan bien, confirmo par mi mismo “Si que debería”. Vega. No me resisto y digo “bonito nombre”. Esta es, seguramente es una de las formas más elementales y carentes de arte de elogiar a una mujer. Pero es que Vega es bonito. Ella no parece desconfiar y yo, francamente, no se como explicárselo. No se puede imaginar que, aquel desayuno en un patio sevillano en el día x-1, me servirá de inspiración para que, el día x, mientras camino y sonrío por aquellas calles y callejuelas donde las piedras que emergen del suelo me dañan los pies, piense en algo que escribo, en este momento, en el día x+1, sentado en el restaurante, situado en la plaza del mismo nombre que no pertenece a un premio Nobel, artista o el ex monarca de mi país hermano. Pertenece sólo a Elvira. Doña Elvira. Y en ese momento me siento rendido a las más simples y prosaicas sensaciones de la vida. La brisa (casi) fresca que se siente en esta explanada o el encanto que Vega deja sobre mí, sobre el terrorista suicida, sobre Luis, o sobre cualquiera de las personas que estaban en aquel patio sevillano o cualquier otra que visite este blog. Y cuando pienso en eso me olvido hasta de las plantas de mis pies quemadas por esa acera antigua que mis zapatos de verano no pueden proteger. Vega me suena como el más bonito de los nombres. Exageradamente bello. Ella no parece desconfiar y yo, francamente, no se como explicárselo. Pero Vega es bello. Independientemente de lo que ella piense sobre el nombre que le pertenece. Y se hace aún más bello en aquel patio fresco de esa ciudad insoportablemente caliente con una gente desmesuradamente simpática y orgullosa. Porque mi fascinación por aquella imagen matutina de una rubia y una morena irrumpiendo en mi desayuno no eclipsa ni por un segundo el pensamiento de donde estoy. Estoy en Sevilla. Y en Sevilla encontré a la gente más orgullosa de su tierra. Porque en Sevilla escuche – de boca del padre de una chica que conocí allí – el más hermoso de dichos nativos. Dijo el, sin el mínimo rastro o atisbo de ironía:

- ¿Sabe lo que me da pena? A mi… A mí me da pena la gente que no nació en Sevilla.

Pues a mi me da pena quien no vio aquello que yo vi cuando Luis me pregunto “¿Sabes quiénes son?” y yo, con la más cínica de las retóricas, le pregunte “¿debería?” cuando ya todos estamos cansados de saber que murmuraba para mi mismo “que si debería, claro que debería”

16 mayo, 2013

Tres momentos de un único retrato

Three moments of a single picture

Soy observador, pero distraído también. Reparé en las medias de una de ellas cuando subía a Garret. Y en otro elemento de una segunda de estas chicas en una tienda del Barrio Alto . Recuerdo que salí para atender una llamada y que justo estaba, en el momento que cuelgo, girado hacia una tienda de ropa de segunda mano. Lleva allí tanto tiempo que, a pesar de que el potencial de hacerme cliente suyo debe ser casi nulo, me apeteció entrar. Al entrar reparé en una chica bonita (porque si me esta permitido, antes de ser un tío con un blog, soy simplemente un tío) y, al salir, me di cuenta que esta chica estaba con las chicas en las que había reparado antes. Y cansado, sumergido en el egoísmo de quien no le apetece esperar, sin querer interrumpir la búsqueda del vestido perfecto ( pero interrumpiendo) le pregunté ( sin hablarles de esta serie de encuentros en un espacio de 5 minutos)
- ¿Os hago una foto?

Estos momentos ser pueden ver aquí también

30 abril, 2013

She’s still sexy when she sweats

She's still sexy when she sweats (1)
she's still sexy when she sweats (2)

Creo que de niño, mi concepto de “ir bien vestido” me transportaba directamente hasta un momento envuelto en un halo de formalidad, muy probablemente, a un evento organizado para celebrar alguna ocasión especial. Me tuvo que ser transmitido, probablemente, por mi abuela o un amiga suya, a través de un comportamiento más o menos efusivo, más o menos empalagoso, un día de esos que tuviese el cabello irreprensiblemente peinado, y en el que yo mismo, por las opciones que mis padres o yo hubiésemos tomado respecto a mi indumentaria, me sintiera más… “bien vestido”. Ya en el instituto, me encontré con el concepto “tener estilo” y unos cuantos sinónimos (unos más ridículos que otros) que, imagino, conferían un aura cool a quien lo decía. Y “estar bien vestido”, “tener estilo” o como quiera que queramos llamar a alguien que, por la forma en que se nos presenta, nos cautiva visualmente (por motivos que van más allá, objetivamente, de una determinada anatomía corporal o facial) dejó en mi cabeza, de ser prerrogativa de un determinado día, ocasión o formalidad. Y cuántas veces he oído “debías fotografiar aquí o allí, porque las personas van así o asa”. Cuando es, precisamente, en esos sitios donde se crea la expectativa de encontrar personas que hayan perdido más tiempo del habitual en pensar qué se ponen, donde menos expectativas o ganas tengo de fotografiar. Y esta fotografía me hacia falta hace mucho tiempo. Probablemente desde que, en el malecón de Carcavelos, me crucé con un par de amigos que me dejaron pensando algo así como “aquellos cabrones hasta sudando tienen buena pinta”. Y es curioso porque fue cuando, precisamente, estaba sudando como la pareja que me había dejado pensando en esta imagen (diametralmente opuesta a aquella que siendo achuchado entre besos y abrazos, me hacia oír “¡ay! que guapo estas!”) cuando vi a Sara y le dije que – por extraño que pudiera parecer- le quería hacer una foto. Y no quería hacerlo en otro contexto. Quería hacerlo, precisamente, cuando salía el gimnasio

Página 1 de 2212345...1020...Última »